OPINIÓN.
En medio de tan malas noticias, que cotidianamente castran
nuestras esperanzas, me he permitido ofrecer a los lectores este balsámico
relato: Érase una vez un caballero que presumía de haber conocido, no a una,
sino a dos damas muy especiales. Ambas poseían el porte y la distinción que las
diferenciaba de los demás mortales. Sucedió, sin embargo, que un triste día de
abril de 2014 se marchitó la primera de ellas cual delicada y longeva flor de
primavera. Se llamaba Mercedes Arias y, desde hacía tiempo, se conservaba
fresca y lozana en el bucólico ‘invernadero’ de su buhardilla con vistas al
antiguo cine Xesteira de Ourense. ¿Te
acuerdas?, una mañana de este siglo XXI, te pude saludar en casa de mi tía
Rosita, en Xinzo de Limia, y una tarde que iba de boda, nos volvimos a ver por
casualidad y nos dimos un intenso abrazo en la Praza Maior de la ciudad de las
Burgas. En este último encuentro pude comprobar que todavía conservabas en toda
su esencia tu empaque aristocrático y tu delicioso discurso dicharachero.
Son tantos y tantos los recuerdos… Desde las inolvidables temporadas
compartidas en la finca de Las Rivas, muy cerca de donde reina a pequeniña Virxe do Cristal de Vilanova
dos Infantes, hasta los meses que felizmente compartiste con nosotros, acá en Cataluña,
en los años 60 del siglo pasado. Antes de que se me pase, quiero pregonar a los
cuatro vientos que Mercedes Arias estuvo casada con Antonio Peláez Sierra, un brillante
abogado que no le fue bien en la vida, y que era hermano de mi querida madre,
Manuela. Cuando mi tío Antonio nos visitaba en Xinzo de Limia, obligaba a mi pobre
madre a hacerle filloas y otras lambonadas.
Querida tía Pitusa: “ahora yaces en
aquel lugar ‘onde o mundo se chama Celanova’, con el Monasterio recién adornado
con tu San Rosendo que llevaba tu misma sangre y linaje: los Arias”, escribía en
La Región, no hace mucho, tu amiga del
alma, Marina Sánchez Soto.
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