OPINIÓN.
Cuando el pasado Domingo de Ramos, mossen Josep Mª Domingo
procedía a la tradicional bendición de las palmas y ramos que portaba la
muchedumbre congregada en la explanada de la parroquia de Sant Pere i Sant Pau,
se me ocurrió pensar que una gran mayoría de los allí reunidos no acostumbra a acercarse
por la iglesia el resto del año, con las consabidas excepciones de las
ceremonias nupciales y funerarias. Lo mismo sucederá con las primeras
comuniones que se concentrarán a lo largo de las jornadas dominicales del florido
mes de mayo. Son un tipo de ceremonias en las que los niños y los mayores
compiten, mayormente, por lucir sus mejores galas y, contradictoriamente, lo
lúdico y gastronómico suele privar por encima de lo religioso.
Pero yo no inicié este artículo para comentar historias de
la Semana Santa y de otros rituales religiosos, sino para quejarme de los mosquitos.
Desde que despertó la primavera, no paro de ir a la caza y captura del mosquito
infiltrado en mi casa, y para combatir la presencia de tan molesto insecto,
utilizo un viejo periódico enrollado, con el que intento chafar a ese
sanguinario y diminuto ser que me está haciendo la puñeta. No hace muchos días,
cuando me comunicaba, vía Skype, con mi hija Carlota, desde la humilde palloza
de Mozambique en la que me hablaba, solía escuchar un continuo ¡plaf, plaf!,
sonido que me indicaba que acababa de aplastar un potencial anofeles, el
mosquito trasmisor del parásito de la malaria o paludismo.
Los mosquitos también han sido noticia estos días de Semana
Santa por otros motivos, según se desprende de la siguiente noticia: “La
Generalitat de Catalunya dejará de invertir 300.000 euros en el servicio de
control de mosquitos del Baix Llobregat”. Según ha anunciado el Consell
Comarcal, “la supresión de este servicio supondría un riesgo para la salud
pública, ya que implicaría un aumento de la presencia de mosquitos, posibles
trasmisores de enfermedades diversas”. En este punto cabe señalar que las zonas
húmedas del delta del Llobregat fueron, en tiempos no tan lejanos, tierra de malaria, tal como
recientemente recordó mi hija Carlota,
el día que recibió el ‘Premi Ciutat del
Prat”, “por su contribución a fomentar la defensa de la solidaridad y los
derechos humanos desde la investigación científica contra la malaria”.
Y mientras intento poner punto y final a estas líneas, me
percato de que un cabronazo mosquito no para de revolotear a mí alrededor con la
aviesa intención de imponerme la penitencia de chupar algo de mi preciada sangre.
Inmediatamente, recurro a mi arma secreta, el periódico enrollado; ¡plaf, plaf!
y a esperar la siguiente víctima. Debo aclarar que el olor del insecticida es
bastante insoportable para uso doméstico, razón por la que me he inspirado en
el famoso ‘método Andrés Iniesta’,
consistente en utilizar un mata-mosquitos casero accionado manualmente. Es mi pequeña contribución en beneficio de la
sostenibilidad y la defensa del medio ambiente. Ya ha pasado de largo la Semana Santa y los
mosquitos siguen acechando, y si no que se lo pregunten al mismísimo Jorge
Lorenzo que hace poco fue penalizado en el circuito de Austin por culpa de
estos insectos.
Necesario recordatorio final: ¡¡Hasta siempre, GABRIEL
GARCÍA MÁRQUEZ!! Tú te has ido, pero tu
obra perdurará por los siglos de los siglos. Amén. Manuel Dobaño (Periodista).Puede leer también este artículo en El Prat al día.
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