lunes, 10 de febrero de 2014

Mi amigo el banquero

 OPINIÓN
Llevo unos días que no paro de desayunarme con la misma odiosa noticia: El banco tal ha ganado no sé cuántos millones y, mientras tanto, una inmensa mayoría del populacho continúa comiéndose el gran marrón de una sangrante crisis económica, en cuya génesis, los de la banca -en estrecha connivencia con sus adláteres, los políticos corruptos-, han tenido mucho que ver. Aún hoy no entiendo como todavía no han metido a casi nadie entre rejas. Que yo sepa, solamente un tal Miguel Blesa, el amigote de José Mª Aznar, ha visitado la trena y, al parecer, está a la espera de que un día de estos le llegue el indulto de turno; ¡o no!, como acostumbra a titubear Mariano Rajoy, el políglota frustrado que, por no hablar, tampoco se expresa en su idioma materno, que es el gallego.
En contra de lo que pudiera sugerir el titular de esta crónica, no me voy a extender más machacando a los banqueros de verdad, esa especie antropomórfica que basa su filosofía profesional en la usura pura y dura; un concepto que, hace siglos, supo retratar magistralmente Shakespeare a través de su personaje, Shylock, el protagonista de ‘El Mercader de Venecia’. Les comentaba que mis amigos banqueros no son de este pelaje. Son mucho más sencillos. Sucedió que, unos años atrás, Paco se fue de vacaciones a Villanueva del Trabuco, un pueblecillo malagueño en el que aseguraba que no faltaba de nada y que, incluso, había bancos. Por aquellas, a principios de la década de los años 70 del siglo pasado, Paco trabajaba en la gasolinera que entonces regentaba mi familia.
Mi suegro, Jesús, que era un coñón de cuidado, no se acababa de creer del todo que en el pueblo del bueno de Paco estuvieran tan avanzados como él aseguraba. Pero resultó que, un día, éste aportó la prueba definitiva: Una postal en blanco y negro de un recién urbanizado parque de Villanueva del Trabuco, en el que no faltaban unos estupendos bancos para sentarse. “Señor, Jesús, ¿ve cómo en mi pueblo hay bancos?”, y mi suegro se quedó con dos palmos de narices. Al amigo Emiliano, al que casi todos los domingos sorprendo sentado en un banco de la Plaça de la Vila de la ciudad en la que vivo, le conté recientemente esta historia y ambos convenimos que él también es un banquero, de los que se sientan en los bancos públicos, y que para nada necesita que lo vengan a rescatar. Y ya, para terminar, les cuento que se ha cumplido la previsión: La infanta Cristina no hizo el ‘paseíllo rampante’ mallorquín de su marido, pero sí se sentó en el banco para declarar sus cositas… Manuel Dobaño (Periodista). Puede leer también este artículo en El Prat al día  

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