OPINIÓN
Llevo unos días que no paro de desayunarme con la misma odiosa
noticia: El banco tal ha ganado no sé cuántos millones y, mientras tanto, una
inmensa mayoría del populacho continúa comiéndose el gran marrón de una sangrante
crisis económica, en cuya génesis, los de la banca -en estrecha connivencia con
sus adláteres, los políticos corruptos-, han tenido mucho que ver. Aún hoy no
entiendo como todavía no han metido a casi nadie entre rejas. Que yo sepa,
solamente un tal Miguel Blesa, el amigote de José Mª Aznar, ha visitado la
trena y, al parecer, está a la espera de que un día de estos le llegue el
indulto de turno; ¡o no!, como acostumbra a titubear Mariano Rajoy, el
políglota frustrado que, por no hablar, tampoco se expresa en su idioma
materno, que es el gallego.
En contra de lo que pudiera sugerir el titular de esta
crónica, no me voy a extender más machacando a los banqueros de verdad, esa
especie antropomórfica que basa su filosofía profesional en la usura pura y
dura; un concepto que, hace siglos, supo retratar magistralmente Shakespeare a
través de su personaje, Shylock, el protagonista de ‘El Mercader de Venecia’.
Les comentaba que mis amigos banqueros no son de este pelaje. Son mucho más
sencillos. Sucedió que, unos años atrás, Paco se fue de vacaciones a Villanueva
del Trabuco, un pueblecillo malagueño en el que aseguraba que no faltaba de
nada y que, incluso, había bancos. Por aquellas, a principios de la década de
los años 70 del siglo pasado, Paco trabajaba en la gasolinera que entonces
regentaba mi familia.
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