OPINIÓN.
En tiempos en los que regentábamos la gasolinera ‘K-11 Dobaño’, en la autovía de
Castelldefels, no fueron pocos los comentarios que diferentes clientes nos
hacían, a mi hermano y a mí, en el sentido de que este tipo de negocios eran
poco menos que para toda la vida y que el petróleo no se acabaría nunca. Otros,
más realistas, sostenían que los llamados combustibles fósiles tenían tarjeta
de caducidad y que, algún siglo de estos, los aviones, los automóviles, los
camiones, las motos, etc., circularían con otro tipo de energía, sin necesidad
de envenenar el medioambiente. Incluso, hay quienes iban más lejos y se atrevían
a vaticinar que, mucho antes de que se agotaran los actuales yacimientos,
buscarán petróleo en Alaska, en el Amazonas y en donde haga falta, y así hasta
que reviente el planeta.
Pero al margen de todas estas disquisiciones, por el momento,
la industria automovilística parece que viene apostando tímidamente por el
coche eléctrico, tal como recientemente se ponía de manifiesto en el marco del
Congreso EVS (Electric Vehicle Symposium)
celebrado en Barcelona. A propósito de tan compleja cuestión, recuerdo la
confidencia que, a la sazón, me hacía un ingeniero aeronáutico que trabajaba en
el aeropuerto de Barcelona-El Prat: “que sepas, amigo Manolo, que ya se dispone
de energías alternativas capaces de sustituir al petróleo, pero que si se hiciese
ahora mismo, sería una tragedia para los países productores y para todo el
entramado económico e industrial que hay por medio”. ¿Y si fuera verdad aquello
que me contaban no hace tantos años?
Lo malo de la historia es que la ‘K-11 Dobaño’ ya no existe, y no por culpa del fin del petróleo, así
como tampoco por haberse desarrollado otras energías alternativas, sino porque
fue expropiada por Aena para facilitar la ampliación aeroportuaria. Y mientras
escribo estas líneas, acude a mi mente otro terrible comentario que escuché
hace años en boca de un comisario de policía: “a los políticos, en el fondo, no
les interesa demasiado acabar con el tráfico de estupefacientes a gran escala,
porque prefieren que haya una juventud drogada antes que revolucionaria en la
calle. Para distraer a la opinión pública, de vez en cuando se realiza una gran
redada y, en el día a día, se detienen a pequeños traficantes, que constituyen
el último eslabón de la cadena del narcotráfico”. ¿Y si esto también fuera
cierto? La verdad, yo no me lo acabo de creer, pero lo que sí parece estar
claro es que nos espían hasta nuestros pensamientos, tal como ha quedado de
sobras demostrado no hace mucho.(Manuel Dobaño (Periodista). Puede leer también este artículo en El Prat al Día.
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