OPINIÓN.
Atrás han quedado los juveniles tiempos en los que iba
regularmente al cine y no me perdía ninguna película de estreno, sobre todo, si
era de espías. Pero fueron pasando los años y la afición por el séptimo arte fue
decreciendo a medida que me entraba una especie de fobia en contra de cualquier
manifestación artística de ficción. En mi extraña patología, también influyó la
pobreza argumental, el exceso de efectos especiales y el predominio de una violencia
gratuita en el cine de las últimas décadas. Fue mi posterior compromiso con el
periodismo y la pasión que llegué a sentir por la noticia, lo que me hizo comprender
que, con demasiada frecuencia, la realidad supera a la ficción y que, por este
motivo, no tenía necesidad de ir al cine para saber lo que se cocía en el mundo.
Convendría precisar, no obstante, que los que modestamente hemos dedicado una
parte de nuestra vida al noble oficio de informar de lo que sucede, en el
fondo, fuimos un poco espías de la realidad.
Hecha esta aclaración previa, comentaré ahora, como no podía
ser de otra manera, una historia de espías basada en hechos reales. “EE.UU.
espió hasta 60 millones de llamadas en España en un mes”, así, tal como suena,
se denunciaba en la prensa a finales de octubre de 2013. Según parece, la
Agencia Nacional de Seguridad norteamericana (NSA) también accedió a
información personal de los usuarios a través del navegador de internet, el
correo electrónico y redes sociales como Facebook o Twitter. ¡Manda carallo!,
que dirían en mi tierra. Es decir, que el ojo del Gran Hermano yanqui nunca ha
dejado de observarnos, ignoro si para protegernos de nuestros enemigos, presuntamente
provistos de armas de destrucción masiva, o bien para saber el aire que respiramos y evitar
que nos pongamos malitos. ¡Qué buena gente…!
En cualquier caso, pienso que no nos debiera sorprender
tanto este tipo de noticias, ya que dentro
del género humano suelen anidar los delatores, los confidentes, los soplones y
los cotillas de baja estopa, especímenes que se ganan la vida hurgando en la intimidad
del prójimo. ¿Quién no ha espiado alguna vez a nuestros vecinos y, no digamos,
a nuestras vecinas? ¿Quién no ha jugado, de niño, a ser Mortadelo y Filemón o,
de mayor, ha envidiado no haber sido espiado por Método3 en el restaurante La
Camarga? Pues, eso, el que esté libre de culpa que tire la primera piedra. El
problema surge, sin embargo, cuando esa curiosidad innata del homo sapiens sobrepasa
los principios éticos más elementales y se convierte, lisa y llanamente, en delictivo
y repugnante espionaje. Desde la época de Catilina, y de algunos siglos atrás, han
proliferado los espías y los conspiradores. “Quousque tamdem, Obama, habutere patientia nostra”? (¿hasta cuándo,
Obama, abusarás de nuestra paciencia?), esta sería la gran pregunta a formular al
actual sheriff de EE.UU. por parte de
Angela Merkel y demás cicerones que han resultado espiados hasta las cachas por
la NSA y sus fieles sabuesos europeos, incluido el español CNI. Manuel Dobaño (Periodista).Puede también leer este artículo en El Prat al dia.
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