OPINIÓN.
Ha pasado de largo el puente de Todos los Santos, tiempo de recordar
a los difuntos y de comer castañas y panellets,
y ya se empieza a sentir la impúdica fanfarria de la orgía consumista de las
fiestas navideñas. De buena mañana, me dejo caer por mi supermercado de confianza
y, ¡oh, sorpresa!, compruebo que ya puedo comprar juguetes para mis nietos con
dos meses de antelación. De vuelta a casa, me encuentro en el buzón de correos
con un denso catálogo, también de juguetería, que me ha hecho llegar un centro
comercial de El Prat sin haberlo solicitado previamente, y las agencias de
viaje no paran de ofrecerme, vía internet, ventajosas vacaciones caribeñas de
fin de año. A pesar de tanta perseverancia publicitaria, barrunto que las
alforjas de los Reyes Magos y de Papá Noel no vendrán este año tan cargadas
como en otras ocasiones. Por la tarde, me desplazo a Barcelona y observo que ya
empiezan a instalar en sus calles la agnóstica iluminación de los últimos años,
consiguiendo romper de esta manera la languidez y la monotonía de estos grises días
de primeros de noviembre.
En alguna otra parte dejé escrito que los grandes centros
comerciales se me antojan modernas catedrales y que los clientes de semejantes
templos laicos son los fieles paganos (sobre todo, paganos) de esta irreverente
liturgia mercantil del despilfarro. Pero a nadie se le escapa que la
persistente crisis que nos machaca se ha encargado de atemperar las ansias
consumistas del prójimo y, poco a poco, el personal ha ido recobrando el juicio
e intenta adaptarse a los nuevos tiempos, que jamás volverán a ser como los de antes,
según vaticinan los apocalípticos gurús de la macroeconomía. Y para consolarme
de tan malos augurios, mi sicólogo de cabecera me recomienda que solo piense en
cosas positivas, y es entonces cuando caigo en la cuenta de que este año la Grossa de Cap d’Any caerá, ¡seguro!, en
Catalunya y que, a lo mejor, me toca un
pellizco de La Nostra y así podré comprar algo más de turrones y algún que otro
juguete para mis allegados más menudos.
No quisiera rematar esta informal crónica de otoño, sin
referirme a unas cuantas noticias que últimamente han circulado por ahí. La
primera de todas, es el encuentro del año, ¡mucho más!, el notición del siglo. La
releo una y otra vez y no me lo acabo de creer: “Letizia saluda a Belén Esteban. La princesa de Asturias coincide con la
‘princesa del pueblo’ en una fiesta”. Los paparazi de la prensa de las
vísceras, precisan que la segunda de las princesas aludidas también se tropezó
con un tal Mariano Rajoy y que éste le soltó algo que ya saben todos los
españoles y, particularmente, los catalanes, es decir, que la cosa del parné está
más que jodida. También estos días se ha hablado de la Mona Lisa calva en favor de una campaña contra el cáncer, pero la
gran cuestión que planteaban los medios de comunicación era si Tutankamón falleció
realmente después de ser atropellado por un carro de la época. Hay que tener en
cuenta que en tiempos de los faraones no se habían inventado todavía los pasos
cebra, si bien es más que probable que sí se dispusiera de sendas señalizadas
para los cocodrilos del Nilo.
Consejo que me traslada un amigo: No tomes demasiado
en serio la vida. Nunca saldrás vivo de ella. Manuel Dobaño (Periodista). Puede leer también este artículo en El Prat al dia
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