OPINIÓN.
Manuel Dobaño (Periodista).
A esa ciencia social que genéricamente se conoce con el
nombre de Historia, oníricamente me la imagino como a una pervertida y
antiquísima dama a la que han obligado a prostituir a lo largo y ancho de los
siglos. Desde los tiempos de Heródoto de Halicarnaso, considerado el padre de
la criatura, no han parado de vilipendiarla y de manipularla a conciencia. Los
de mi generación de la postguerra civil española lo tenemos muy claro, la
historia oficial la mangonearon, como estaba ordenado, los vencedores y, por
tanto, la imparcialidad y la verdad, han brillado por su ausencia. Tuvieron que
pasar unas cuantas décadas para enterarnos de lo que realmente aconteció en
aquellos años oscuros y de cerciorarnos de que no éramos una unidad de destino
en lo universal.
En Xinzo de Limia (Ourense), mi villa natal, existe una
calle que, hasta el advenimiento de la democracia, se llamaba Luís Usera, pero
que antes se había llamado Camino Real; luego, rúa da Paz y, más tarde, de Alcalá
Zamora. Mi buen amigo, el historiador Miro M. Cerredelo, me ha recordado que el
actual nombre oficial de la calle en cuestión es el de rúa Constitución, aunque
todos la conocen como rúa dos Viños (calle de los vinos), que es el nombre que
más me gusta. El tal Luís Usera, que citaba anteriormente, fue diputado a
Cortes por el distrito de Xinzo de Limia y, miren por dónde, en los años 50, llegó
a ser presidente del Real Madrid.
Es decir que, según soplan los vientos, así se cambian
y adaptan los nombres de las cosas a la coyuntura política de cada momento, y
lo mismo acontece con la historia, una materia que, de pequeño, alguien me
enseñó a definir como la sucesiva sucesión de los sucesos sucedidos
sucesivamente. Sucede, sin embargo, que ahora mismo estamos en pleno debate
soberanista catalán y cada uno arrima el ascua a su sardina, e interpreta la
historia como le peta. Igual que sostiene la periodista galaico-catalana, Julia
Otero, yo también tengo dos patrias: la gallega y la catalana y me siento
orgulloso de mis dos banderas y de mis dos lenguas (dicen que saber más de un
idioma es bueno para el Alzheimer). ¡Ay, castellanos de Castilla y alrededores,
cuánto os cuesta todavía entender según qué cosas!, cómo diría la gran Rosalía
de Castro.(También puede leer este artículo en El Prat al día.
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