OPINIÓN
La festividad de Sant Joan me sirvió para constatar que, por
muchas milongas que nos explique el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro y
sus acólitos, el fantasma de la crisis todavía sigue cabalgando a lomos de
nuestras sufridas espaldas. Y la prueba definitiva de esta sensación me la ha facilitado
mi infalible y particular sonómetro, que ha detectado una menor descarga de
decibelios en el ambiente. Años atrás, ya saben, cuando éramos ricos y famosos,
durante la noche más corta del año se sentía una gran algarabía callejera y el
petardeo era constante, mientras que ahora nos ha tocado vivir tiempos de mansedumbre,
de poco ruido y de menos nueces, porque la cosa no está, precisamente, para
tirar demasiados cohetes.
A falta de datos oficiales, barrunto que este año se han
vendido menos productos pirotécnicos que en años anteriores, y solo el pasajero
estruendo tormentoso que logré escuchar cuando empezaba a escribir estas líneas,
compensaba un tanto el déficit sonoro de estas fechas. Los que sí se han vuelto
a llenar dulcemente los bolsillos, han sido los del gremio pastelero, que han
vendido un mogollón de cocas, y eso que este año las han ofertado de menor
tamaño para que nadie se quedara sin ellas. La celebración del pasado día 24 de
junio también pasará a la historia, porque fue el día en el que un rayo justiciero
impactaba contra el avión en el que regresaba a casa, con la cola entre las
piernas, la selección española de fútbol.
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