Opinión
Para los periodistas que en la década de los años 70 del siglo
pasado manejábamos los clásicos utensilios de la profesión -bloc, bolígrafo,
máquina de escribir, teléfono fijo, y más tarde, grabadora-, la irrupción de
las nuevas tecnologías de la información nos pilló con el paso cambiado. Nadie
discute, reitero una vez más, que la aparición de los teléfonos móviles e
Internet, entre otros artilugios, cambió radicalmente nuestros esquemas, pero la
adaptación a la nueva era digital no fue tarea fácil. Todavía recuerdo los
malos momentos que llegué a pasar, por ejemplo, cuando el celular se quedaba
sin batería en medio de una información en directo, o en la pantalla del
ordenador desaparecía de pronto una crónica, segundos antes de pasarla a la
redacción, y todo porque, con las prisas, se me había olvidado de darle a la
teclita de ‘archivo’.
Pero dejemos de lado historias pretéritas y regresemos a los
tiempos actuales. Y para ello, nada más oportuno que les cuente un pequeño
secreto: yo casi nunca pago por aparcar el coche en la vía pública,
sencillamente, porque me he declarado algo así como objetor fiscal de las zonas
azules, verdes y de cualquier otro color. Veremos hasta cuándo soy capaz de
resistir el implacable envite recaudatorio municipal. Por cierto que, antes de
las pasadas fiestas navideñas, mantuve una pequeña trifulca con una
intransigente motorista de la guardia urbana de Barcelona que estuvo a punto de
multarme por pararme apenas un minuto frente al nº 177 de la calle Consell de
Cent para recoger un paquete. La agente, con la cámara fotográfica desenfundada,
me conminó, cual forajido del Oeste americano, a marcharme inmediatamente de
allí, no sin antes replicarla que su comportamiento chulesco nada tenía que ver
con una cristiana tolerancia navideña.
Hace unos días, leía en la prensa la siguiente noticia: “El
‘Oxford English Dictionary’ corona como palabra del año al neologismo ‘selfie’
para definir el autorretrato digital”. Lamento no haberme hecho oportunamente una
foto con la agente que hace unos días intentó sancionarme por las bravas, más
que nada para colgarla en Facebook y dejarla retratada para la posterioridad. Escribo
estos pensamientos, justo después de iniciar la cuesta de enero, esa empinada y
pedregosa pendiente en la que más se resienten los menguados salarios del personal
y afloran las rebajas. Es el obligado peaje que los comerciantes están
obligados a pagar para sacarse de encima los restos de serie de toda una suerte
de artículos, entre los que se pueden adquirir cosas absolutamente inútiles,
eso sí, a precios de saldo.
Coletilla final: Mientras
en Barcelona se escenificaba una innovadora y brillante bienvenida al 2014, en el
kilómetro cero de todas las Españas continuaban, erre que erre, con sus casposas
y cutres campanadas de toda la vida. Y sobre las previsiones para el 2014, no
se preocupen demasiado, tal como dicen en mi tierra, “nin máis, nin menos,
choverá o que teña que chover” (ni más, ni menos, lloverá lo que tenga que
llover).Manuel Dobaño (Periodista). Puede leer también este artículo en El Prat al día
No hay comentarios:
Publicar un comentario