OPINIÓN.
En tiempos en los que ejercí el cargo de secretario general
de la Federació Catalana d’Associacions i Clubs Unesco, se hablaba mucho del
silencio de los silenciados y de las llamadas guerras olvidadas; así como de la
deliberada omisión de otros conflictos menores que al establishment (ya saben, a
los que cortan el bacalao), no le interesa que se ventilen. Se trata de una especie
de ley del silencio planetaria -impuesta por el lobby que controla la información
mundial-, a favor de los poderes fácticos y en contra de los desheredados de la
fortuna. Una implacable ley que es mansamente aceptada por una sociedad que, con
demasiada frecuencia, hace oídos sordos a tantas injusticias y desgracias
ajenas. ‘No nos merecemos la vida’, me confesó en su día el malogrado José
Saramago en una entrevista que tuve el privilegio de hacerle, a propósito de
estos irracionales comportamientos de la raza humana.
Pero la regla no escrita de mantener la boca cerrada para
salvar el puesto de trabajo o el mismísimo pellejo, siempre ha tenido infinidad
de variantes. Por ejemplo, los de la mafia siciliana conocen perfectamente el
significado de la palabra omertà, que
es la norma que fija su particular código de honor. ‘La ley del silencio’, era
también el título de una oscarizada película dirigida por Elia Kazan (1954) y genialmente
interpretada por Marlon Brando, filme en el que se retrataba magistralmente los
bajos fondos portuarios neoyorquinos. Sobre ‘El silencio de los corderos’
(1991) -el truculento thriller de suspense sicológico de Jonathan Demme-, no
puedo comentar gran cosa, pues fue una película que se estrenó cuando ya había
perdido la afición por el cine. Ahora, con la anunciada ley mordaza del
ministro Fernández Díaz, se pretende imponer el silencio de los corderitos.
Ustedes ya me entienden...
Y para paliar las malas sensaciones que me ha provocado este
pequeño recorrido por algunos de los recovecos más tenebrosos y silenciosos del
séptimo arte, nada más estimulante que recordar los suaves acordes de ‘El
sonido del silencio’, de Simon y Garfunkel. Pero antes de poner punto y final a
esta misiva impregnada de acallados gritos de rabia, no quisiera pasar por alto
una cuestión primordial: las noticias silenciadas. A lo largo de mi larga experiencia
periodística en la Agencia Efe, no han sido pocas las informaciones que acabaron
en la nevera del olvido, sencillamente, porque la libertad de expresión continua
siendo una entelequia.
PD/ Bajo el enigmático epígrafe, ‘Manuel, sospechan de ti’,
hace unos días recibí un correo de Changue.org,
en el que se me advertía que nos están espiando hasta la sobaquera, al tiempo
que me proponían firmar el manifiesto ‘En defensa de la democracia en la era
digital’, refrendado por un grupo de más de 500 escritores de más de 80 países.
Está claro que Mr. Establishment de
las narices no ceja en su denodado empeño de convertirnos en mansos y
calladitos ciudadanos, prisioneros de la autocensura que comporta la falta de
libertades colectivas e individuales. Otra prueba más de la ley del silencio
que intentan imponerno. Manuel Dobaño.Periodista. Puede leer también este artículo en El Prat al dia.
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