OPINIÓN.
Manuel Dobaño (Periodista)
En 1996 tuve el privilegio de pisar por
primera vez tierras americanas. Fue con motivo de la celebración de un congreso
organizado por la Asociación Catalana de Periodistas Especializados en Turismo
(ACPETUR) que, por aquellas fechas, se celebró en La Habana. En la capital
caribeña ejerció de anfitrión Osmany Cienfuegos, hermano del mítico Camilo
Cienfuegos y que, a la sazón, ejercía de ministro de Turismo del gobierno
cubano. De aquel evento, recuerdo que el ‘compañero’ Osmany no paraba de
repetir la cantinela de “ustedes los gallegos”, hasta que, en el transcurso de una
distendida sobremesa, con ‘Cohiba’ de por medio, me atreví a advertirle que la
mayoría de los congresistas eran catalanes y que el único gallego del grupo era
un servidor. Fue entonces cuando el ministro me relató la anécdota, atribuida
al comandante Fidel, de que “lo mejor que dejaron acá los gallegos fueron las
mulatas…”
En enero de 2003, viajé por primera vez a
Argentina y, en la Patagonia, descubrí emocionado un granítico monumento
dedicado a los emigrantes gallegos que, en condiciones penosas, recalaron hace
unos cuantos lustros en aquellas inhóspitas y lejanas latitudes. En El
Calafate, provincia de Santa Cruz, pernotamos en la Hostería ‘Las Sinfonías’, a
orillas del lago Argentino y no muy lejos de la suntuosa residencia de los
Kirchner. En tierras argentinas siempre me he sentido como en mi patria gallega.
De mi estancia en EE.UU., la verdad es que no encontré demasiados vestigios de
la presencia gallega en aquellos contornos, más allá de la leyenda que asegura
que, cuando los americanos alunizaron en el satélite de la Tierra, allá se
encontraron con un afilador, tal como unos años después constataron los
componentes del grupo ‘Zapato Veloz’ en su memorable ‘pandeirada’ sideral ‘Hay
un gallego en la luna’.
Más recientemente, sucedió que mi amigo,
Rafa Soto, camarero del restaurante ‘Sinfonía’, del hotel’ Ciutat del Prat’
(nada que ver con ‘Las Sinfonías’ de El Calafate), me confesó alborozado que, a
pesar de su procedencia de las Alpujarras granadinas, se acababa de enterar de
que su apellido, en realidad, es una derivación del galaico Souto. A mi presunto
paisano Rafa, le comenté que en el Parque Nacional de Sierra Nevada tuve la
oportunidad de descubrir en su día más de una huella gallega, sobre todo,
cuando, camino de Trevélez, conocí la existencia de la localidad de Pampaneira,
situada en pleno barranco de Poqueira, y también de Capileira, nombres de
claras connotaciones galaicas. En Trevélez, degustamos truchas y jamón y, para
completar el ágape, más jamón y truchas.
En mi particular recuerdo de ‘galegos no mundo’,
no hay lugar para quienes son capaces de matar a una niña, ni para los
criminales que convierten en cenizas los hermosísimos paisajes de mi querida
tierra.(puede leer también este artículo en El Prat al día).
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